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jueves, 1 de septiembre de 2011

LAS GUERRAS EN MEXICO PREHISPANICO


 En la época prehispánica es un fenómeno muy complejo de características sociopolíticas, económicas y religiosas, junto con el sacrificio humano, la esclavitud y la tributación impuesta a los vencidos se oponen al concepto de un pueblo promotor de valores de bienestar y convivencia.

La expansión territorial convertía progresivamente al campesino agricultor en guerrero profesional, de productor de bienes se convertía en miembro de una élite militar que debía ser sostenida por medio del tributo. Cuando un pueblo era derrotado en la guerra tenía que pagar tributos al conquistador y debido a ello la guerra se convirtió en la principal fuente de riqueza de la sociedad azteca. Así los mexicas dependían del tributo impuesto a los vencidos de tal modo que Tenochtitlán vivía con holgura a costa de los pueblos conquistados.

La guerra sagrada era un deber cósmico y para hacerla existían reglas que se respetaban rigurosamente, para atacar una ciudad se necesitaba un casus belli y uno frecuente era la agresión que recibían los comerciantes durante sus viajes o la negativa a comerciar. Pero el conflicto no llegaba sino hasta después de agotar negociaciones laboriosas por medio de delegaciones, regalos y discursos.

Los aztecas se abstenían deliberadamente de las ventajas que proporciona la sorpresa. Se dejaba al adversario tiempo suficiente para preparar la defensa y hasta se le suministraban armas, aunque fuese de forma simbólica. Detrás de ello hay que percibir la idea de que la guerra era un juicio de los dioses. Los guerreros no trataban tanto de matar enemigos, sino de capturarlos, para sacrificarlos después.

Si bien la guerra buscaba capturar enemigos, el objetivo final era derrotar al adversario. La derrota era una convención, la ciudad se declaraba vencida cuando los adversarios habían logrado penetrar hasta su templo, incendiando luego el santuario de su dios tribal. La toma del templo equivalía a la victoria, pues así los dioses habían pronunciado su sentencia.

Una batalla podía empezar con una incursión sorpresiva al campo enemigo para hacer cautivos, pero las guerras más importantes se iniciaban con una gran marcha, portando banderas y dando fuertes alaridos, al toque de instrumentos musicales. Llevaban así mismo las imágenes de sus dioses y otras protecciones sobrenaturales. Antes de ir a la guerra hacían varios ritos propiciatorios y de protección y durante la batalla ejercitaban actos de magia chamánica como transformarse en águilas o jaguares.

El guerrero que iba a ser sacrificado pasaba un año en que se ejercitaba en toda clase de artes, ya que en cierta forma representaba al dios viviente. Se desposaba con cuatro vírgenes las cuales, el día del sacrifico lo acompañaban en una gran embarcación hasta el lugar donde estaba el gran templo. Ahí lo dejaban y él solo subía por las escalinatas donde cuatro sacerdotes lo recibían para llevar a cabo el sacrificio. El pecho le era abierto con un cuchillo y el corazón palpitante era presentado a Huitzilopochtli.

Estructura social


Las civilizaciones prehispánicas estaban formadas por diversos grupos sociales: gobernantes, sacerdotes, jefes militares, comerciantes, guerreros, artesanos, agricultores, etc. También fueron excelentes astrónomos y matemáticos y tenían un alto conocimiento del uso de la Herbología.

Creían en más de 200 Dioses siendo los principales el Dios de la Lluvia, el Dios de la Guerra y el Dios de la Sabiduría (Tláloc, Huitzilopochtli y Quetzalcóatl en Náhuatl). Atribuían muchos fenómenos naturales a la ira y felicidad de los Dioses y se cree que se les ofrecían sacrificios humanos por temporadas. Úsaban un calendario civil de 365 días ( Xihuitl en Náhuatl) y un calendario Sagrado de 260 días desde el cual se extraían horóscopos y días funéstos ( Tonalpohalli en Náhuatl).

En el México prehispánico se construyó, al margen del resto del mundo, una extraordinaria, compleja y rica cultura dominada por la religión y que empíricamente generó una gran diversidad de productos, muchos de ellos para solucionar las necesidades cotidianas de la vida en aquel tiempo.


Las Guerras floridas
La cultura azteca es particularmente notable por la práctica de sacrificios humanos a gran escala; los ofrecimientos a Huitzilopochtli serían hechos para restaurar la sangre que perdió, ya que el sol era confrontado en una batalla diaria. Esto prevendría el fin del mundo que podría suceder en cada ciclo de 52 años.
Los aztecas frecuentemente iniciaban guerras (las llamadas guerras floridas) con el intento de capturar prisioneros para usarlos en los sacrificios. Existen múltiples relatos de los conquistadores capturados que fueron sacrificados durante las guerras de la conquista española de México, aunque solamente Bernal Díaz afirmó ser un testigo de ello.
Las guerras floridas (Xochiyaoyotl en náhuatl) fueron la cacería divina del hombre mesoamericano hecha por el dios Sol. Para el hombre prehispánico el sol, al salir en el oriente, mataba con las flechas de sus inumerables rayos de luz a las cuatrocientas estrellas. Vencía a la Noche y se hacía el Día. Era un guerrero celeste, Ilhuicamina, flechador del cielo. Como el águila es el ave suprema cazadora del cielo, ella representa al sol. El águila desciende sobre el nopal, y atrapa en sus garras las tunas florecidas que representan al corazón del hombre, el cuauhnochtli, la tuna del águila.
La creencia profunda en la promesa de Huitzilopochtli en la seguridad que, desde las raíces más profundas desde su pasado obcuro, les demosraba que los aztecas eran los escogidos, el pueblo a quien el dios había hecho la promesa suprema; era la base de visión del mundo.
En los días de su miseria habían pagado con infinitos dolores la promesa de un futuro glorioso. Durante los días de su triunfo, tenían que seguir soportando el terrible peso de conservar en vida a su dios, al sol. Cada tarde cuando se ocultaba tras las montañas del oeste, surge la duda terrible: ¿logrará durante la noche vencer a sus enemigos? ¿Podrá luchar contra los tigres y tantos terrores que lo van a atacar? ¿Volverá a nacer el día de mañana? Para estar seguros de que así sería debía dársele fuerza, asegurar su triunfo sobre los enemigos.
El único alimento (desgraciadamente sobre todo para los vecinos de los aztecas) que le gustaba al sol era la sangre humana. Por ello en toda lógica, la sangre resultaba indispensable para la sobre vivencia del mundo.
Pero también la necesidad más elemental de conservación y el egoísmo más obvio indicaban que había que procurarse la sangre no sacrificando aztecas, sino sacrificando a otras gentes. Porque después de todo, los aztecas no sólo se salvaban así mismos, sino al resto del mundo, el sol no era sólo para ellos, alumbraba también a los demás. Así, hasta el rito aparentemente más cruel pretende justificarse lógicamente.
Para lograr este fin la guerra se hacía indispensable, ya que la sangre de los guerreros vencidos era la más valiosa.
Entonces la guerra, necesaria como factor económico, es también necesaria como factor religioso. La guerra era muy común en el mundo de los aztecas. Siempre ellas tenían que defender su tierra y aumentar su región. Pero había una base para la guerra en su religión (el sol necesitaba sangre y sacrificio para mantenerse). Por eso, los cautivos de los aztecas eran muy importantes para los ritos religiosos. Y los sacerdotes siempre necesitaban más.
Cuando los sacerdotes decían que el sol y los dioses necesitaban más comida, más sacrificios, dos pueblos aztecas tenían una guerra florida solamente para sostener el sol. En estas guerras, los dos pueblos Aztecas mandarían sus caballeros a un campo sagrado para el batallón. Eran un poco como los torneos de la Edad Media en Europa, pero en esos los dos pueblos robaron al muerto.
Eran un tipo de guerra ritual propio del Valle de México en los siglos anteriores a la conquista consistente en el acuerdo entre varias ciudades de organizar combates en los que se capturaban prisioneros de ambos bandos que eran sacrificados ritualmente, frecuentemente se realizaban en condiciones de sequía extrema.
Pero morir en las guerras floridas era un honor, también. En la gran Piedra del Sol o Calendario Azteca, a los lados de la cara del sol se ven las dos garras del águila aprisionando corazones humanos, y en la parte trasera del monolito llamado el Teocalli de la Guerra Sagrada, está el águila posada sobre las tunas-corazones producto del tunal divino que es el nopal. Allí mismo el águila muestra en su pico el jeroglifo atl-tlachinolli formado por una corriente de agua y otra de fuego. La primera representa al líquido precioso que es la sangre humana, o al atlati el lanzadardos, y la segunda al incendio de los templos, señal de la victoria.
La práctica tiene una justificación racional, ya que la guerra aliviaba también la presión demográfica en tiempos de escasez. Además dada la práctica mesoamericana del sacrificio de prisioneros y la ingesta de parte de sus cuerpos, estas guerras a través del sacrificio humano permitían enriquecer la dieta en proteínas de las ciudades participantes en la guerra florida. Esta explicación de tipo material fue propuesta inicialmente por Michael Harner y fue ampliada por Marvin Harris y ha sido muy polémica a pesar de la racionalidad y solidez argumental de la propuesta.
Para proveer de víctimas a los dioses y de alimento a los hombres, se instituyó la costumbre “de las guerras floridas”, con el exclusivo objeto de tomar prisioneros, sacrificarlos y comerlos
El jeroglifo en el pico del águila es el grito que pregona la Guerra Florida. A ella iban los guerreros jaguares, guerreros de la Noche, a luchar contra los guerreros águila, guerrero del Día. Iban al campo de batalla a recolectar flores (corazones) porque en la piedra de los sacrificios, al golpe de cuchillo del sacrificador, surgía la flor más preciosa, el corazón del hombre. De allí el nombre de Guerras Floridas. Los corazones eran depositados en el cuauhxicalli, la jícara o vaso de águila, y a él descendía el guerrero celeste en forma de colibrí a libar la miel (la sangre) de aquella flor preciosa. Esta guerra representa lo más sagrado de la religión del hombre mesoamericano: la cacería de hombre hecha por Dios.
En ocasiones, los aztecas mataban a los cautivos más aristocráticos, notables por su valor en combate ritual: encadenaban la víctima al piso, quien vestía solamente un taparrabos, le daban un arma falsa y un escudo, y era muerto luchando contra un guerrero jaguar completamente armado. Se dice que cuando un pueblo era derrotado, los sacerdotes aztecas seleccionaban de los cautivos, al guerrero más destacado de los adversarios y lo tiraban por las escaleras del Templo Mayor.
Al terminar su caída, los intestinos eran utilizados para las fieras del zoológico, y el cuerpo era entregado al guerrero.



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            La guerras en México prehispanico
 en la época prehispánica es un fenómeno muy complejo de características sociopolíticas, económicas y religiosas, junto con el sacrificio humano, la esclavitud y la tributación impuesta a los vencidos se oponen al concepto de un pueblo promotor de valores de bienestar y convivencia.
La expansión territorial convertía progresivamente al campesino agricultor en guerrero profesional, de productor de bienes se convertía en miembro de una élite militar que debía ser sostenida por medio del tributo. Cuando un pueblo era derrotado en la guerra tenía que pagar tributos al conquistador y debido a ello la guerra se convirtió en la principal fuente de riqueza de la sociedad azteca. Así los mexicas dependían del tributo impuesto a los vencidos de tal modo que Tenochtitlán vivía con holgura a costa de los pueblos conquistados.
La guerra sagrada era un deber cósmico y para hacerla existían reglas que se respetaban rigurosamente, para atacar una ciudad se necesitaba un casus belli y uno frecuente era la agresión que recibían los comerciantes durante sus viajes o la negativa a comerciar. Pero el conflicto no llegaba sino hasta después de agotar negociaciones laboriosas por medio de delegaciones, regalos y discursos.
Los aztecas se abstenían deliberadamente de las ventajas que proporciona la sorpresa. Se dejaba al adversario tiempo suficiente para preparar la defensa y hasta se le suministraban armas, aunque fuese de forma simbólica. Detrás de ello hay que percibir la idea de que la guerra era un juicio de los dioses. Los guerreros no trataban tanto de matar enemigos, sino de capturarlos, para sacrificarlos después.
Si bien la guerra buscaba capturar enemigos, el objetivo final era derrotar al adversario. La derrota era una convención, la ciudad se declaraba vencida cuando los adversarios habían logrado penetrar hasta su templo, incendiando luego el santuario de su dios tribal. La toma del templo equivalía a la victoria, pues así los dioses habían pronunciado su sentencia.
Una batalla podía empezar con una incursión sorpresiva al campo enemigo para hacer cautivos, pero las guerras más importantes se iniciaban con una gran marcha, portando banderas y dando fuertes alaridos, al toque de instrumentos musicales. Llevaban así mismo las imágenes de sus dioses y otras protecciones sobrenaturales. Antes de ir a la guerra hacían varios ritos propiciatorios y de protección y durante la batalla ejercitaban actos de magia chamánica como transformarse en águilas o jaguares.
El guerrero que iba a ser sacrificado pasaba un año en que se ejercitaba en toda clase de artes, ya que en cierta forma representaba al dios viviente. Se desposaba con cuatro vírgenes las cuales, el día del sacrifico lo acompañaban en una gran embarcación hasta el lugar donde estaba el gran templo. Ahí lo dejaban y él solo subía por las escalinatas donde cuatro sacerdotes lo recibían para llevar a cabo el sacrificio. El pecho le era abierto con un cuchillo y el corazón palpitante era presentado a Huitzilopochtli.

Estructura social

Las civilizaciones prehispánicas estaban formadas por diversos grupos sociales: gobernantes, sacerdotes, jefes militares, comerciantes, guerreros, artesanos, agricultores, etc. También fueron excelentes astrónomos y matemáticos y tenían un alto conocimiento del uso de la Herbología.
Creían en más de 200 Dioses siendo los principales el Dios de la Lluvia, el Dios de la Guerra y el Dios de la Sabiduría (Tláloc, Huitzilopochtli y Quetzalcóatl en Náhuatl). Atribuían muchos fenómenos naturales a la ira y felicidad de los Dioses y se cree que se les ofrecían sacrificios humanos por temporadas. Úsaban un calendario civil de 365 días ( Xihuitl en Náhuatl) y un calendario Sagrado de 260 días desde el cual se extraían horóscopos y días funéstos ( Tonalpohalli en Náhuatl).
En el México prehispánico se construyó, al margen del resto del mundo, una extraordinaria, compleja y rica cultura dominada por la religión y que empíricamente generó una gran diversidad de productos, muchos de ellos para solucionar las necesidades cotidianas de la vida en aquel tiempo.


Las Guerras floridas


La cultura azteca es particularmente notable por la práctica de sacrificios humanos a gran escala; los ofrecimientos a Huitzilopochtli serían hechos para restaurar la sangre que perdió, ya que el sol era confrontado en una batalla diaria. Esto prevendría el fin del mundo que podría suceder en cada ciclo de 52 años.
Los aztecas frecuentemente iniciaban guerras (las llamadas guerras floridas) con el intento de capturar prisioneros para usarlos en los sacrificios. Existen múltiples relatos de los conquistadores capturados que fueron sacrificados durante las guerras de la conquista española de México, aunque solamente Bernal Díaz afirmó ser un testigo de ello.
Las guerras floridas (Xochiyaoyotl en náhuatl) fueron la cacería divina del hombre mesoamericano hecha por el dios Sol. Para el hombre prehispánico el sol, al salir en el oriente, mataba con las flechas de sus inumerables rayos de luz a las cuatrocientas estrellas. Vencía a la Noche y se hacía el Día. Era un guerrero celeste, Ilhuicamina, flechador del cielo. Como el águila es el ave suprema cazadora del cielo, ella representa al sol. El águila desciende sobre el nopal, y atrapa en sus garras las tunas florecidas que representan al corazón del hombre, el cuauhnochtli, la tuna del águila.
La creencia profunda en la promesa de Huitzilopochtli en la seguridad que, desde las raíces más profundas desde su pasado obcuro, les demosraba que los aztecas eran los escogidos, el pueblo a quien el dios había hecho la promesa suprema; era la base de visión del mundo.
En los días de su miseria habían pagado con infinitos dolores la promesa de un futuro glorioso. Durante los días de su triunfo, tenían que seguir soportando el terrible peso de conservar en vida a su dios, al sol. Cada tarde cuando se ocultaba tras las montañas del oeste, surge la duda terrible: ¿logrará durante la noche vencer a sus enemigos? ¿Podrá luchar contra los tigres y tantos terrores que lo van a atacar? ¿Volverá a nacer el día de mañana? Para estar seguros de que así sería debía dársele fuerza, asegurar su triunfo sobre los enemigos.
El único alimento (desgraciadamente sobre todo para los vecinos de los aztecas) que le gustaba al sol era la sangre humana. Por ello en toda lógica, la sangre resultaba indispensable para la sobre vivencia del mundo.
Pero también la necesidad más elemental de conservación y el egoísmo más obvio indicaban que había que procurarse la sangre no sacrificando aztecas, sino sacrificando a otras gentes. Porque después de todo, los aztecas no sólo se salvaban así mismos, sino al resto del mundo, el sol no era sólo para ellos, alumbraba también a los demás. Así, hasta el rito aparentemente más cruel pretende justificarse lógicamente.
Para lograr este fin la guerra se hacía indispensable, ya que la sangre de los guerreros vencidos era la más valiosa.
Entonces la guerra, necesaria como factor económico, es también necesaria como factor religioso. La guerra era muy común en el mundo de los aztecas. Siempre ellas tenían que defender su tierra y aumentar su región. Pero había una base para la guerra en su religión (el sol necesitaba sangre y sacrificio para mantenerse). Por eso, los cautivos de los aztecas eran muy importantes para los ritos religiosos. Y los sacerdotes siempre necesitaban más.
Cuando los sacerdotes decían que el sol y los dioses necesitaban más comida, más sacrificios, dos pueblos aztecas tenían una guerra florida solamente para sostener el sol. En estas guerras, los dos pueblos Aztecas mandarían sus caballeros a un campo sagrado para el batallón. Eran un poco como los torneos de la Edad Media en Europa, pero en esos los dos pueblos robaron al muerto.
Eran un tipo de guerra ritual propio del Valle de México en los siglos anteriores a la conquista consistente en el acuerdo entre varias ciudades de organizar combates en los que se capturaban prisioneros de ambos bandos que eran sacrificados ritualmente, frecuentemente se realizaban en condiciones de sequía extrema.
Pero morir en las guerras floridas era un honor, también. En la gran Piedra del Sol o Calendario Azteca, a los lados de la cara del sol se ven las dos garras del águila aprisionando corazones humanos, y en la parte trasera del monolito llamado el Teocalli de la Guerra Sagrada, está el águila posada sobre las tunas-corazones producto del tunal divino que es el nopal. Allí mismo el águila muestra en su pico el jeroglifo atl-tlachinolli formado por una corriente de agua y otra de fuego. La primera representa al líquido precioso que es la sangre humana, o al atlati el lanzadardos, y la segunda al incendio de los templos, señal de la victoria.
La práctica tiene una justificación racional, ya que la guerra aliviaba también la presión demográfica en tiempos de escasez. Además dada la práctica mesoamericana del sacrificio de prisioneros y la ingesta de parte de sus cuerpos, estas guerras a través del sacrificio humano permitían enriquecer la dieta en proteínas de las ciudades participantes en la guerra florida. Esta explicación de tipo material fue propuesta inicialmente por Michael Harner y fue ampliada por Marvin Harris y ha sido muy polémica a pesar de la racionalidad y solidez argumental de la propuesta.
Para proveer de víctimas a los dioses y de alimento a los hombres, se instituyó la costumbre “de las guerras floridas”, con el exclusivo objeto de tomar prisioneros, sacrificarlos y comerlos
El jeroglifo en el pico del águila es el grito que pregona la Guerra Florida. A ella iban los guerreros jaguares, guerreros de la Noche, a luchar contra los guerreros águila, guerrero del Día. Iban al campo de batalla a recolectar flores (corazones) porque en la piedra de los sacrificios, al golpe de cuchillo del sacrificador, surgía la flor más preciosa, el corazón del hombre. De allí el nombre de Guerras Floridas. Los corazones eran depositados en el cuauhxicalli, la jícara o vaso de águila, y a él descendía el guerrero celeste en forma de colibrí a libar la miel (la sangre) de aquella flor preciosa. Esta guerra representa lo más sagrado de la religión del hombre mesoamericano: la cacería de hombre hecha por Dios.
En ocasiones, los aztecas mataban a los cautivos más aristocráticos, notables por su valor en combate ritual: encadenaban la víctima al piso, quien vestía solamente un taparrabos, le daban un arma falsa y un escudo, y era muerto luchando contra un guerrero jaguar completamente armado. Se dice que cuando un pueblo era derrotado, los sacerdotes aztecas seleccionaban de los cautivos, al guerrero más destacado de los adversarios y lo tiraban por las escaleras del Templo Mayor.

 

guerras en mexico prehispanico


La guerra en México,

 en la época prehispánica es un fenómeno muy complejo de características sociopolíticas, económicas y religiosas, junto con el sacrificio humano, la esclavitud y la tributación impuesta a los vencidos se oponen al concepto de un pueblo promotor de valores de bienestar y convivencia.

La expansión territorial convertía progresivamente al campesino agricultor en guerrero profesional, de productor de bienes se convertía en miembro de una élite militar que debía ser sostenida por medio del tributo. Cuando un pueblo era derrotado en la guerra tenía que pagar tributos al conquistador y debido a ello la guerra se convirtió en la principal fuente de riqueza de la sociedad azteca. Así los mexicas dependían del tributo impuesto a los vencidos de tal modo que Tenochtitlán vivía con holgura a costa de los pueblos conquistados.

La guerra sagrada era un deber cósmico y para hacerla existían reglas que se respetaban rigurosamente, para atacar una ciudad se necesitaba un casus belli y uno frecuente era la agresión que recibían los comerciantes durante sus viajes o la negativa a comerciar. Pero el conflicto no llegaba sino hasta después de agotar negociaciones laboriosas por medio de delegaciones, regalos y discursos.

Los aztecas se abstenían deliberadamente de las ventajas que proporciona la sorpresa. Se dejaba al adversario tiempo suficiente para preparar la defensa y hasta se le suministraban armas, aunque fuese de forma simbólica. Detrás de ello hay que percibir la idea de que la guerra era un juicio de los dioses. Los guerreros no trataban tanto de matar enemigos, sino de capturarlos, para sacrificarlos después.

Si bien la guerra buscaba capturar enemigos, el objetivo final era derrotar al adversario. La derrota era una convención, la ciudad se declaraba vencida cuando los adversarios habían logrado penetrar hasta su templo, incendiando luego el santuario de su dios tribal. La toma del templo equivalía a la victoria, pues así los dioses habían pronunciado su sentencia.

Una batalla podía empezar con una incursión sorpresiva al campo enemigo para hacer cautivos, pero las guerras más importantes se iniciaban con una gran marcha, portando banderas y dando fuertes alaridos, al toque de instrumentos musicales. Llevaban así mismo las imágenes de sus dioses y otras protecciones sobrenaturales. Antes de ir a la guerra hacían varios ritos propiciatorios y de protección y durante la batalla ejercitaban actos de magia chamánica como transformarse en águilas o jaguares.

El guerrero que iba a ser sacrificado pasaba un año en que se ejercitaba en toda clase de artes, ya que en cierta forma representaba al dios viviente. Se desposaba con cuatro vírgenes las cuales, el día del sacrifico lo acompañaban en una gran embarcación hasta el lugar donde estaba el gran templo. Ahí lo dejaban y él solo subía por las escalinatas donde cuatro sacerdotes lo recibían para llevar a cabo el sacrificio. El pecho le era abierto con un cuchillo y el corazón palpitante era presentado a Huitzilopochtli.

Estructura social


Las civilizaciones prehispánicas estaban formadas por diversos grupos sociales: gobernantes, sacerdotes, jefes militares, comerciantes, guerreros, artesanos, agricultores, etc. También fueron excelentes astrónomos y matemáticos y tenían un alto conocimiento del uso de la Herbología.

Creían en más de 200 Dioses siendo los principales el Dios de la Lluvia, el Dios de la Guerra y el Dios de la Sabiduría (Tláloc, Huitzilopochtli y Quetzalcóatl en Náhuatl). Atribuían muchos fenómenos naturales a la ira y felicidad de los Dioses y se cree que se les ofrecían sacrificios humanos por temporadas. Úsaban un calendario civil de 365 días ( Xihuitl en Náhuatl) y un calendario Sagrado de 260 días desde el cual se extraían horóscopos y días funéstos ( Tonalpohalli en Náhuatl).

En el México prehispánico se construyó, al margen del resto del mundo, una extraordinaria, compleja y rica cultura dominada por la religión y que empíricamente generó una gran diversidad de productos, muchos de ellos para solucionar las necesidades cotidianas de la vida en aquel tiempo.




Las Guerras floridas

La cultura azteca es particularmente notable por la práctica de sacrificios humanos a gran escala; los ofrecimientos a Huitzilopochtli serían hechos para restaurar la sangre que perdió, ya que el sol era confrontado en una batalla diaria. Esto prevendría el fin del mundo que podría suceder en cada ciclo de 52 años.

Los aztecas frecuentemente iniciaban guerras (las llamadas guerras floridas) con el intento de capturar prisioneros para usarlos en los sacrificios. Existen múltiples relatos de los conquistadores capturados que fueron sacrificados durante las guerras de la conquista española de México, aunque solamente Bernal Díaz afirmó ser un testigo de ello.

Las guerras floridas (Xochiyaoyotl en náhuatl) fueron la cacería divina del hombre mesoamericano hecha por el dios Sol. Para el hombre prehispánico el sol, al salir en el oriente, mataba con las flechas de sus inumerables rayos de luz a las cuatrocientas estrellas. Vencía a la Noche y se hacía el Día. Era un guerrero celeste, Ilhuicamina, flechador del cielo. Como el águila es el ave suprema cazadora del cielo, ella representa al sol. El águila desciende sobre el nopal, y atrapa en sus garras las tunas florecidas que representan al corazón del hombre, el cuauhnochtli, la tuna del águila.

La creencia profunda en la promesa de Huitzilopochtli en la seguridad que, desde las raíces más profundas desde su pasado obcuro, les demosraba que los aztecas eran los escogidos, el pueblo a quien el dios había hecho la promesa suprema; era la base de visión del mundo.

En los días de su miseria habían pagado con infinitos dolores la promesa de un futuro glorioso. Durante los días de su triunfo, tenían que seguir soportando el terrible peso de conservar en vida a su dios, al sol. Cada tarde cuando se ocultaba tras las montañas del oeste, surge la duda terrible: ¿logrará durante la noche vencer a sus enemigos? ¿Podrá luchar contra los tigres y tantos terrores que lo van a atacar? ¿Volverá a nacer el día de mañana? Para estar seguros de que así sería debía dársele fuerza, asegurar su triunfo sobre los enemigos.

El único alimento (desgraciadamente sobre todo para los vecinos de los aztecas) que le gustaba al sol era la sangre humana. Por ello en toda lógica, la sangre resultaba indispensable para la sobre vivencia del mundo.

Pero también la necesidad más elemental de conservación y el egoísmo más obvio indicaban que había que procurarse la sangre no sacrificando aztecas, sino sacrificando a otras gentes. Porque después de todo, los aztecas no sólo se salvaban así mismos, sino al resto del mundo, el sol no era sólo para ellos, alumbraba también a los demás. Así, hasta el rito aparentemente más cruel pretende justificarse lógicamente.

Para lograr este fin la guerra se hacía indispensable, ya que la sangre de los guerreros vencidos era la más valiosa.

Entonces la guerra, necesaria como factor económico, es también necesaria como factor religioso. La guerra era muy común en el mundo de los aztecas. Siempre ellas tenían que defender su tierra y aumentar su región. Pero había una base para la guerra en su religión (el sol necesitaba sangre y sacrificio para mantenerse). Por eso, los cautivos de los aztecas eran muy importantes para los ritos religiosos. Y los sacerdotes siempre necesitaban más.

Cuando los sacerdotes decían que el sol y los dioses necesitaban más comida, más sacrificios, dos pueblos aztecas tenían una guerra florida solamente para sostener el sol. En estas guerras, los dos pueblos Aztecas mandarían sus caballeros a un campo sagrado para el batallón. Eran un poco como los torneos de la Edad Media en Europa, pero en esos los dos pueblos robaron al muerto.

Eran un tipo de guerra ritual propio del Valle de México en los siglos anteriores a la conquista consistente en el acuerdo entre varias ciudades de organizar combates en los que se capturaban prisioneros de ambos bandos que eran sacrificados ritualmente, frecuentemente se realizaban en condiciones de sequía extrema.


guerras en mexico prehispanico


La guerra en México,

 en la época prehispánica es un fenómeno muy complejo de características sociopolíticas, económicas y religiosas, junto con el sacrificio humano, la esclavitud y la tributación impuesta a los vencidos se oponen al concepto de un pueblo promotor de valores de bienestar y convivencia.

La expansión territorial convertía progresivamente al campesino agricultor en guerrero profesional, de productor de bienes se convertía en miembro de una élite militar que debía ser sostenida por medio del tributo. Cuando un pueblo era derrotado en la guerra tenía que pagar tributos al conquistador y debido a ello la guerra se convirtió en la principal fuente de riqueza de la sociedad azteca. Así los mexicas dependían del tributo impuesto a los vencidos de tal modo que Tenochtitlán vivía con holgura a costa de los pueblos conquistados.

La guerra sagrada era un deber cósmico y para hacerla existían reglas que se respetaban rigurosamente, para atacar una ciudad se necesitaba un casus belli y uno frecuente era la agresión que recibían los comerciantes durante sus viajes o la negativa a comerciar. Pero el conflicto no llegaba sino hasta después de agotar negociaciones laboriosas por medio de delegaciones, regalos y discursos.

Los aztecas se abstenían deliberadamente de las ventajas que proporciona la sorpresa. Se dejaba al adversario tiempo suficiente para preparar la defensa y hasta se le suministraban armas, aunque fuese de forma simbólica. Detrás de ello hay que percibir la idea de que la guerra era un juicio de los dioses. Los guerreros no trataban tanto de matar enemigos, sino de capturarlos, para sacrificarlos después.

Si bien la guerra buscaba capturar enemigos, el objetivo final era derrotar al adversario. La derrota era una convención, la ciudad se declaraba vencida cuando los adversarios habían logrado penetrar hasta su templo, incendiando luego el santuario de su dios tribal. La toma del templo equivalía a la victoria, pues así los dioses habían pronunciado su sentencia.

Una batalla podía empezar con una incursión sorpresiva al campo enemigo para hacer cautivos, pero las guerras más importantes se iniciaban con una gran marcha, portando banderas y dando fuertes alaridos, al toque de instrumentos musicales. Llevaban así mismo las imágenes de sus dioses y otras protecciones sobrenaturales. Antes de ir a la guerra hacían varios ritos propiciatorios y de protección y durante la batalla ejercitaban actos de magia chamánica como transformarse en águilas o jaguares.

El guerrero que iba a ser sacrificado pasaba un año en que se ejercitaba en toda clase de artes, ya que en cierta forma representaba al dios viviente. Se desposaba con cuatro vírgenes las cuales, el día del sacrifico lo acompañaban en una gran embarcación hasta el lugar donde estaba el gran templo. Ahí lo dejaban y él solo subía por las escalinatas donde cuatro sacerdotes lo recibían para llevar a cabo el sacrificio. El pecho le era abierto con un cuchillo y el corazón palpitante era presentado a Huitzilopochtli.

Estructura social


Las civilizaciones prehispánicas estaban formadas por diversos grupos sociales: gobernantes, sacerdotes, jefes militares, comerciantes, guerreros, artesanos, agricultores, etc. También fueron excelentes astrónomos y matemáticos y tenían un alto conocimiento del uso de la Herbología.

Creían en más de 200 Dioses siendo los principales el Dios de la Lluvia, el Dios de la Guerra y el Dios de la Sabiduría (Tláloc, Huitzilopochtli y Quetzalcóatl en Náhuatl). Atribuían muchos fenómenos naturales a la ira y felicidad de los Dioses y se cree que se les ofrecían sacrificios humanos por temporadas. Úsaban un calendario civil de 365 días ( Xihuitl en Náhuatl) y un calendario Sagrado de 260 días desde el cual se extraían horóscopos y días funéstos ( Tonalpohalli en Náhuatl).

En el México prehispánico se construyó, al margen del resto del mundo, una extraordinaria, compleja y rica cultura dominada por la religión y que empíricamente generó una gran diversidad de productos, muchos de ellos para solucionar las necesidades cotidianas de la vida en aquel tiempo.




Las Guerras floridas

La cultura azteca es particularmente notable por la práctica de sacrificios humanos a gran escala; los ofrecimientos a Huitzilopochtli serían hechos para restaurar la sangre que perdió, ya que el sol era confrontado en una batalla diaria. Esto prevendría el fin del mundo que podría suceder en cada ciclo de 52 años.

Los aztecas frecuentemente iniciaban guerras (las llamadas guerras floridas) con el intento de capturar prisioneros para usarlos en los sacrificios. Existen múltiples relatos de los conquistadores capturados que fueron sacrificados durante las guerras de la conquista española de México, aunque solamente Bernal Díaz afirmó ser un testigo de ello.

Las guerras floridas (Xochiyaoyotl en náhuatl) fueron la cacería divina del hombre mesoamericano hecha por el dios Sol. Para el hombre prehispánico el sol, al salir en el oriente, mataba con las flechas de sus inumerables rayos de luz a las cuatrocientas estrellas. Vencía a la Noche y se hacía el Día. Era un guerrero celeste, Ilhuicamina, flechador del cielo. Como el águila es el ave suprema cazadora del cielo, ella representa al sol. El águila desciende sobre el nopal, y atrapa en sus garras las tunas florecidas que representan al corazón del hombre, el cuauhnochtli, la tuna del águila.

La creencia profunda en la promesa de Huitzilopochtli en la seguridad que, desde las raíces más profundas desde su pasado obcuro, les demosraba que los aztecas eran los escogidos, el pueblo a quien el dios había hecho la promesa suprema; era la base de visión del mundo.

En los días de su miseria habían pagado con infinitos dolores la promesa de un futuro glorioso. Durante los días de su triunfo, tenían que seguir soportando el terrible peso de conservar en vida a su dios, al sol. Cada tarde cuando se ocultaba tras las montañas del oeste, surge la duda terrible: ¿logrará durante la noche vencer a sus enemigos? ¿Podrá luchar contra los tigres y tantos terrores que lo van a atacar? ¿Volverá a nacer el día de mañana? Para estar seguros de que así sería debía dársele fuerza, asegurar su triunfo sobre los enemigos.

El único alimento (desgraciadamente sobre todo para los vecinos de los aztecas) que le gustaba al sol era la sangre humana. Por ello en toda lógica, la sangre resultaba indispensable para la sobre vivencia del mundo.

Pero también la necesidad más elemental de conservación y el egoísmo más obvio indicaban que había que procurarse la sangre no sacrificando aztecas, sino sacrificando a otras gentes. Porque después de todo, los aztecas no sólo se salvaban así mismos, sino al resto del mundo, el sol no era sólo para ellos, alumbraba también a los demás. Así, hasta el rito aparentemente más cruel pretende justificarse lógicamente.

Para lograr este fin la guerra se hacía indispensable, ya que la sangre de los guerreros vencidos era la más valiosa.

Entonces la guerra, necesaria como factor económico, es también necesaria como factor religioso. La guerra era muy común en el mundo de los aztecas. Siempre ellas tenían que defender su tierra y aumentar su región. Pero había una base para la guerra en su religión (el sol necesitaba sangre y sacrificio para mantenerse). Por eso, los cautivos de los aztecas eran muy importantes para los ritos religiosos. Y los sacerdotes siempre necesitaban más.

Cuando los sacerdotes decían que el sol y los dioses necesitaban más comida, más sacrificios, dos pueblos aztecas tenían una guerra florida solamente para sostener el sol. En estas guerras, los dos pueblos Aztecas mandarían sus caballeros a un campo sagrado para el batallón. Eran un poco como los torneos de la Edad Media en Europa, pero en esos los dos pueblos robaron al muerto.

Eran un tipo de guerra ritual propio del Valle de México en los siglos anteriores a la conquista consistente en el acuerdo entre varias ciudades de organizar combates en los que se capturaban prisioneros de ambos bandos que eran sacrificados ritualmente, frecuentemente se realizaban en condiciones de sequía extrema.